LA PERRA

En esta obra de 2017 Pilar Quintana expone de forma magistral y contundente un paisaje de la Colombia profunda, un territorio ubicado más allá de lo urbano y que se interna en la selva y el oceáno: el pacífico Colombiano, una tierra bravía y llena de magia, pero también de una gran crudeza que se manifiesta sobre lo desconicido.

De igual manera, presenta una retrato preciso sobre la cotidianidad de los habitantes de este territorio, las condiciones de sus rutinas y sus creencias. La autora expresa con claridad la incidencia de la lluvia y la humedad sobre la piel, la desazón desoladora del calor húmedo y pegajoso que se combina con el olor a sal y pescado, así como la incomodidad de una arena que más parece barro constante y que todo lo inunda.

Pilar me llevó de regreso a mi infancia y mi primer adolescencia, cuando, desde Pereira tomaba carretera para ir a Buenaventura pasando por Lobo Guerrero y los túneles ubicados después de Calima. Me trajo el recuerdo de comer sancocho de pescado en la galería del puerto junto al tío Miguel y por sobre todo… la imagen de esa arena negra y húmeda de Ladrilleros y Juan Chaco en donde solía construir castillos de arena pero nunca meterme al mar por miedo a esa bravura que mostraba con la intermitencia de cada hola.

Entre la novela corta y el cuento largo, La Perra es una manifestación narrativa con mucho sentido y con la expresión de una violencia innata en todo ser humano, es, de alguna manera, una muestra de las formas en que lo que pensamos se queda muchas veces a medio camino entre lo que realmente hacemos.

TRÍPTICO DE LA INFAMIA

Hacía mucho tiempo que no leía alguna obra de un paisano colombiano. Y es así que desde hace unos tres años reposaba en mi biblioteca un libro que compré en el aeropuerto el Dorado de Bogotá, en uno de mis regresos a México, y solo hasta la semana pasada decidí leerlo. Y que buena decisión ha sido.

Pablo Montoya, el autor de este libro, construye una novela histórica bastante interesante, en donde las líneas entre la ficción y la realidad son bastante delgadas.

En tres capítulos, cada uno de ellos dedicado a un pintor distinto: Le Moyne, Dubois y de Bry, quienes en sus obras, constataron y reflejaron las formas particularmente violentas en las que fue sometido el nuevo mundo, Montoya desarrolla una narrativa diversa, dándole a cada capitulo una voz distinta. Incluso, la voz del propio autor del libro se expresa en el último capítulo, en donde para expresar la trama suscitada por de Bry, él mismo se inmiscuye en la historia, narrando en primera persona su experiencia literaria y de investigación para lograr conseguir información pertinente para terminar esta novela.

El escenario y el tiempo son fundamentales en esta obra. Todo discurre entre el nuevo mundo (las nuevas tierras descubiertas por Colón y sometidas por españoles, portugueses e ingleses), y por su puesto, la Europa convulsionada del siglo XVI, en donde algunos países no solo están sorprendidos por la aparición en el mapa de un nuevo continente, sino que se ven atormentados constantemente por las divisiones de la iglesia, el calvinismo, las reformas y contrarreformas de la época.

La relación entre católicos/marianos, hugonotes/calvinistas y nativos americanos, entre aztecas/incas/algonquinos, no puede ser más que enrevesada. Y esto justamente es lo que nos permite encontrar mucha acción interesante en las páginas de este libro. El autor, además, se toma la molestia (cosa que agradezco) de describir en detalle las técnicas utilizadas por artistas e indígenas (aunque preferiría decir simplemente artistas) para construir su arte, y a la vez, realiza un análisis expedito de las obras (pinturas, tatuajes y grabados) de los autores que estudia y que muestran la crudeza del choque de dos mundos.

Lo que más me ha agradado de este libro, a parte de su narrativa, es que de alguna forma, señala con maestría la importancia de la investigación en la literatura, y en particular en la novela de corte histórico. Así mismo, tiene una gran sensibilidad frente a la estética pictórica del siglo XVI. Vale la pena leerlo.

LO QUE NO FUE II

Por estos días se están cumpliendo 30 años del magnicidio de Luis Carlos Galán y hace una semana se cumplieron 20 del asesinato de Jaime Garzón, de quien ya he hablado alguna vez en este blog y a quien justo hoy recordé escuchando la canción «canela» (quiero morirme de manera singular).

Lo que no fue puede interpretarse también como «el futuro ya fue». Y esto lo digo porque luego del asesinato de Luis Carlos, jefe político del nuevo liberalismo, que se postulaba como el partido a tomar las riendas de Colombia en una de sus épocas más oscuras (cosa que creo redundante porque en mi país las gamas de colores pasan por el gris oscuro y el negro claro), quien llegó a la presidencia fue su abanderado político, el pereirano Cesar Gaviria.

Recuerdo el slogan de su campaña: «Con Gaviria habrá futuro» e incluso la musiquita con la que expresaban esa frase. También recuerdo que en una de sus primeras alocuciones el recién nombrado presidente dijo: «colombianos, bienvenidos al futuro» (con su voz de gallo Claudio). Pero por más que intente recordar otras cosas, lo único que recuerdo hasta con los sentidos fueron el cambio de hora y los apagones.

No se que hubiese pasado en el país si no hubiesen asesinado a Galán (ni a Garzón, ni a Pizarro, ni a Gómez Hurtado… ni a tantos de una lista interminable que aún hoy se sigue escribiendo 😥). Pero al menos se que recuerdo su puño al aire y su denuncia en contra de los corruptos y en contra del narcotráfico.

Durante muchos años esta imagen estuvo pegada en mi ajedrez. Y la denuncia sigue siendo un motivo de inspiración. Retumba en mi mente un «Siempre adelante, ni un paso atrás»