TRÍPTICO DE LA INFAMIA

Hacía mucho tiempo que no leía alguna obra de un paisano colombiano. Y es así que desde hace unos tres años reposaba en mi biblioteca un libro que compré en el aeropuerto el Dorado de Bogotá, en uno de mis regresos a México, y solo hasta la semana pasada decidí leerlo. Y que buena decisión ha sido.

Pablo Montoya, el autor de este libro, construye una novela histórica bastante interesante, en donde las líneas entre la ficción y la realidad son bastante delgadas.

En tres capítulos, cada uno de ellos dedicado a un pintor distinto: Le Moyne, Dubois y de Bry, quienes en sus obras, constataron y reflejaron las formas particularmente violentas en las que fue sometido el nuevo mundo, Montoya desarrolla una narrativa diversa, dándole a cada capitulo una voz distinta. Incluso, la voz del propio autor del libro se expresa en el último capítulo, en donde para expresar la trama suscitada por de Bry, él mismo se inmiscuye en la historia, narrando en primera persona su experiencia literaria y de investigación para lograr conseguir información pertinente para terminar esta novela.

El escenario y el tiempo son fundamentales en esta obra. Todo discurre entre el nuevo mundo (las nuevas tierras descubiertas por Colón y sometidas por españoles, portugueses e ingleses), y por su puesto, la Europa convulsionada del siglo XVI, en donde algunos países no solo están sorprendidos por la aparición en el mapa de un nuevo continente, sino que se ven atormentados constantemente por las divisiones de la iglesia, el calvinismo, las reformas y contrarreformas de la época.

La relación entre católicos/marianos, hugonotes/calvinistas y nativos americanos, entre aztecas/incas/algonquinos, no puede ser más que enrevesada. Y esto justamente es lo que nos permite encontrar mucha acción interesante en las páginas de este libro. El autor, además, se toma la molestia (cosa que agradezco) de describir en detalle las técnicas utilizadas por artistas e indígenas (aunque preferiría decir simplemente artistas) para construir su arte, y a la vez, realiza un análisis expedito de las obras (pinturas, tatuajes y grabados) de los autores que estudia y que muestran la crudeza del choque de dos mundos.

Lo que más me ha agradado de este libro, a parte de su narrativa, es que de alguna forma, señala con maestría la importancia de la investigación en la literatura, y en particular en la novela de corte histórico. Así mismo, tiene una gran sensibilidad frente a la estética pictórica del siglo XVI. Vale la pena leerlo.

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