LOS DRAGONES DEL EDEN

Algunos temas son complicados y dificiles de entender. A pesar de que el autor de un libro de no ficción te diga que su obra está escrita de forma que cualquier neófito pueda entenderla, esto no es, necesariamente, una realidad.

En poco más de 250 páginas, Carl Sagan, uno de los grandes pensadores del siglo XX, esgrime lo que considera como algunas especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana.

Si bien, gran parte del lenguaje es técnico/científico, es verdad que las explicaciones de Sagan procuran ser sencillas. El resultado es una obra que entrelaza reflexiones del autor basadas en sus propias experiencias científicas y de algunos de sus colegas, así como datos de distinta índole que procuran estructurar una idea de la evolución del conocimiento de la especie.

En algunos apartados del libro, el autor muestra un cinismo excepcional. Pero sin lugar a dudas, es su sentido del humor lo que le permite que la lectura sea entretenida y enérgica. Un claro ejemplo lo podemos ver en el capítulo 1 denominado Genes y Cerebros en donde el autor señala:

En la antiguedad dominaba la idea de que se podía obtener descendencia a partir de cruces entre organismos de muy distinta naturaleza. La mitologia nos dice que el Minotauro muerto por Teseo era fruto de un toro y de una mujer, y el historiador romano Plinio manifiesta que el avestruz, recién descubierto por aquel entonces, era el cruce de una jirafa con un mosquito (debo suponer que lo sería del apareamiento de una jirafa hembra y un mosquito macho).

Así como la anterior reflexión se pueden encontrar varios pasajes que permiten reir en medio de tanta seriedad.

Desde una perspectiva más o objetiva, me atrevo a decir que ahora entiendo por qué motivo este libro es considerado un clásico de su género. Muchas de las ideas planteadas por Sagan pueden entenderse como pioneras para la época en que fue publicado el libro a finales de los 70 (1977).

A pesar de la existencia de computadoras, el autor pudo prever que en tan sólo 10 años los modelos de estas y su popularidad estarían más allá de la idea inicial para la que fueron concebidas. Incluso pudo especular sobre la idea de la inteligencia artificial como un posible resultado del desarrollo de la tecnología, sin exagerar, como lo hicieron las obras de ciencia ficción previas e incluso posteriores a su época.

Finalmente, en una de sus reflexiones finales, Sagan plantea algo que es vigente y relevante más de 40 años después y que, sin dudas, puede ser el canon mismo del humanismo y el cientificismo contemporáneo:

El universo es intrincado y fascinante. Arrancamos secretos a la naturaleza por las sendas más insólitas. Por supuesto, las sociedades deberán adoptar toda clase de precauciones a la hora de decidir qué tecnologías – es decir, qué aplicaciones de la ciencia – deben desarrollarse y cuáles no. Pero si no consolidamos la investigación básica, si no se propicia la adquisición de conocimientos por su valor intrínseco, nuestras opciones de futuro quedarán peligrosamente limitadas.