Hacía muchos años no leía poesía… al menos unos 20. Por alguna razón que hace referencia a situaciones de desamor, decidí que la poesía no era lo mío y me dediqué de lleno al cuento.
Pero siempre he pensado que cuando a uno le regalan un libro, hay que hacerle honor a la persona que te lo ha regalado y leerlo. Así pues, sin mayores expectativas inicie la lectura de este largo poema.
Mi sorpresa empezó a avivarse verso tras verso, una página tras otra. El motivo olímpico y onírico de los versos esgrimidos por Pratt y su cadencia, rememoraron dentro de mí aquellos días en que con tanto deleite leía a Kavafis.
Vengan a mí, hechiceros, adivinos,
Profieran en mis oidos sus presagios.
Sus voces
me advertirán si en esta noche
aparecerá la Esfinge o la Quimera.
Ah centaúricos cantos, díganme si los dioses me protegen, si he de internarme en este horizonte gris en que el río y el firmamento ciñen las plateadas hojas del álamo sagrado en la frente.
Me refugio del viento en mis dominios, en esta piel que ha endurecido la añoranza. Y aqui, erguida, aunque un día seré sólo una sombra que se esfumará de esta isla, vivo cada instante estirando el tiempo hasta la médula.
Supongo que es hora de empezar a hacer las paces con este género.

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